Mártir es aquel que muere por una causa.
Y es elevado por ella: quien escoge la muerte antes que renunciar al principio que defiende.
El mártir no solo muere; legitima.
Demuestra que la idea es tan importante que alguien estuvo dispuesto a entregar la vida por ella.
Antes de 1964, Panamá era poco más que una caricatura de país: siempre a los pies del imperio estadounidense. No fue sino hasta después de décadas de tensión, lucha y conciencia política que declararíamos —de forma efectiva— nuestra soberanía total.
Pero ¿qué es la soberanía?
¿Quién la inventó?
¿Y qué tiene que ver el 9 de enero de 1964?
La República de Panamá nació en noviembre de 1903 y, con ella, su hermano gemelo menor: la Zona del Canal. Una concesión otorgada a los Estados Unidos, heredada de un enredo colonial absurdo: una concesión colombiana a una compañía francesa que fracasó estrepitosamente en su intento de construir un canal interoceánico.
Ese fracaso marcó para siempre la percepción internacional del istmo como jungla letal, como territorio inhóspito, como lugar donde levantar una vida era un riesgo. Pero los derechos de la concesión debían volver a Bogotá. Antes de que eso ocurriera, Philippe Bunau-Varilla, sin ser panameño ni vivir en Panamá, firmó como representante de la compañía francesa y de los rebeldes panameños un tratado con los Estados Unidos.
A cambio de protección y apoyo al movimiento separatista, entregó 16 kilómetros de territorio bajo control total estadounidense.
Nuestra independencia nació condicionada.
Y allí —sobre un suelo con la sangre todavía fresca de Victoriano Lorenzo— nace también nuestra primera noción de soberanía: una soberanía mutilada.
Estados Unidos se reservó incluso el derecho de intervenir militarmente en Panamá para “preservar el orden público”. Esa cláusula quedó inscrita en nuestra Constitución. El imperio no solo estaba en el territorio: estaba en la ley.
Al año siguiente, el “bebé” fue reconocido internacionalmente. Y junto con el reconocimiento vinieron más concesiones: islas, extensiones territoriales y, sobre todo, la perpetuidad de la Zona del Canal.
No se tomó formalmente territorio estatal. Panamá y Colón quedaron intactas, pero separadas por una cerca: de un lado, el proyecto inmobiliario más ambicioso del siglo XX; del otro, una ciudad mestiza, portuaria, extranjera y pobre que compartía el agua, pero no los derechos.
Para los nacidos dentro de la Zona —los Zonians— era raro salir de los confines de su parque temático. Algunos vivieron toda su vida allí dentro. Y, sin embargo, la presencia estadounidense en el arrabal panameño dio origen a una amalgama cultural tan rica que a veces era difícil distinguir dónde empezaba uno y terminaba el otro.
Esta es la segunda idea de soberanía: la de un pueblo que crece confundido, seducido por el prestigio y la riqueza que goza a la sombra de un titán.
Pero el abuso era constante.
La humillación, cotidiana.
Como si no hubiésemos ya sido subyugados por dos imperios durante más de tres siglos, Panamá encontraba ahora una quinta frontera al cruzar la calle.
El Instituto Nacional —el colegio secundario más emblemático del país— estaba lleno de lo que hoy llamaríamos “revoltosos”. Jóvenes a quienes se les acusaba de amar el desorden, cuando en realidad estaban llenos de convicción política.
El colegio se encuentra en la entonces Avenida 4 de Julio. A sus espaldas, la cerca que lo separaba del suelo estadounidense. A pocos minutos, ya dentro de la Zona, estaba la Balboa High School: el mismo concepto educativo, del otro lado del mundo.
Por ley, la bandera panameña y la estadounidense debían ondear juntas en los centros educativos de la Zona del Canal. Eso lo dijo Kennedy, pero a Kennedy lo mataron y la orden quedó ni pa ti ni pa mí, ninguna bandera dentro de la zona. Cosa que molestó a los zoneítas, que cuanta bandera les bajaban ellos subían.
¿Y para qué fue eso?
El 9 de enero, un grupo de estudiantes se organizó. Avisaron a las autoridades de lo que ocurriría. Tomaron la bandera —misma que ya había acompañado protestas anteriores contra la presencia militar yanki— y marcharon más de 200 jóvenes hacia la Balboa High School.
Al inicio, parecía que todo saldría bien. A un pequeño grupo se le permitió acercarse al mástil para izar la bandera tricolor. Pero fueron interceptados por estudiantes estadounidenses que, cantando el himno de su país, desconocieron el acuerdo alcanzado con la policía.
Se produjo el forcejeo.
La bandera se rompió.
A partir de ese momento, fue imposible detenerlo.
Al caer la noche, unos 80 policías zoneítas se enfrentaban a miles de panameños indignados: cinco mil, diez mil, quizás treinta mil.
Los mismos panameños que alguna vez incendiaron una ciudad por una tajada de sandía.
Se tumbó la cerca.
Se plantaron banderas.
Se reclamó el territorio.
Y se disparó a quemarropa.
Ese día murieron 28 personas.
21 panameños —en su mayoría estudiantes— que hoy conocemos como los Mártires del 9 de Enero.
¿Por qué mártires?
Porque no murieron por accidente ni por azar.
Murieron defendiendo soberanía, dignidad nacional y el derecho de Panamá a existir plenamente en su propio territorio.
Jóvenes sin armas. Personas que nunca imaginaron convertirse en símbolos. No buscaban morir, sino ser reconocidos como país. Con toda una vida por delante, su muerte convirtió la causa panameña en un hecho irreversible.
Ese día Panamá rompió relaciones diplomáticas con los Estados Unidos.
Fue el único país en hacerlo.
Con todo que perder, eligió no hacerlo desde el miedo.
Ese día también nació una nueva misión nacional y nuestra tercera idea de soberanía.
Lo que antes era discurso político se convirtió en consenso popular.
En 1968 vendría el golpe de Estado que pondría en marcha el proceso que culminaría con los Tratados Torrijos–Carter y, finalmente, el 31 de diciembre de 1999: cuando Panamá sería la única dueña del Canal y su territorio.
La Avenida 4 de Julio pasó a llamarse Avenida de los Mártires.
El artículo 27 de la Constitución, que garantiza el libre tránsito, comenzó a aplicarse también a las antiguas 80 millas canaleras.
Pero más que una fecha, el 9 de enero es un conflicto no resuelto.
Porque la lucha no fue solo contra un poder extranjero, sino contra:
- una estructura colonial,
- una economía segregada,
- una idea de Panamá como territorio útil, pero no como sujeto político.
Por eso sigue resonando hoy cuando hablamos de:
- gentrificación,
- pérdida de control territorial,
- desigualdad,
- quién tiene derecho a la ciudad y a la historia.
Los mártires no son héroes de bronce.
Son jóvenes interrumpidos.
Y su martirio nos obliga a seguir preguntando:
¿Qué soberanía tenemos hoy?
¿Quién decide sobre el territorio?
